EL DIARIO nos proporciona hoy, día 18, una batería de opiniones acerca del beber en la calle que es todo un muestrario de las profundas opiniones de los usuarios de los distintos tipo de botellones, incluido el 'pijo' tradicional de Cañadío, es decir, aquel no perseguido -al menos hasta ahora- sino fomentado por el Ayuntamiento.
Desde el que aludiendo a su condición de ingeniero de telecomunicaciones -que debe de ser un argumento de autoridad inapelable- afirma hacer botellón desde los 17 años y tener una vida de cuento de hadas (buena salud, vida familiar perfecta, trabajo a espuertas...), hasta el que opina -el dueño de alguno de los bares, me apuesto el cuello- que Cañadío debería seguir siendo una zona de ambiente nocturno, pasando por varios aficionados a empinar el codo en la calle que se lamentan de lo aburrido que es Santander porque no hay opciones de ocio -el mamarse parece ser la preferida de casi todos los comunicantes-, cualquier lector foráneo no enterado de lo que pasa en esta ciudad desde hace muchos años sacaría la errónea conclusión de que aquí se persigue con saña a los inocentes muchachitos y muchachitas cuya exclusiva forma de divertirse consiste en ir al supermercado, llenar la cesta de alcohol y refrescos y ponerse ciegos para olvidarse de lo sosa que es esta ciudad, olvidando algo tan elemental como que las ciudades no son sosas y aburridas, sino que en todo caso lo serían sus -en este caso, jóvenes- habitantes a quienes no les da la cabeza para más que para dedicarse habitualmente en cuerpo y alma a contribuir a que la industria alcoholera siga aumentando sus beneficios a su costa. O a costa de los complacientes papás, que será lo más probable excepto, por supuesto, en el caso de Visentini, el flamante ingeniero de telecomunicaciones, que se pagará su original forma de divertirse de su bolsillo, faltaría más.
Ni el Ayuntamiento puede facilitar una zona para que estos marchosos jovencitos puedan hacer el botellón, porque estaría contraviniendo la Ley de Drogodependencias, ni la gente se va a Madrid por la manifiesta falta de cuidado hacia la juventud en Santander, ni nadie tiene la culpa de que los jóvenes se dejen la vida en la carretera por ir a beber a otros sitios, excepto los propios jóvenes y quienes en vez de controlar se dedican a fomentar el ocio alcohólico puro y duro, con o sin autobuses nocturnos.
Lo que sí es descorazonador, y mucho, es que el botellón -el tolerado y el menos consentido- sea la única razón, o casi, de que una importante parte de los jóvenes de esta ciudad se dedique con entusiasmo a opinar en EL DIARIO. No del empleo escaso y precario, ni de la falta de viviendas para los jóvenes y otras carencias no menos importantes. No. Lo que de verdad les pone de los nervios es que no les dejen hacer el botellón. Penoso.


